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4 Piedepágina • noviembre de 2019





                            Luis Britto
                            ∎ García

                                                                                                          Lo que debí enfrentar, la más amarga lección que cualquie-
                                                                                                         ra que desee escribir tiene que aprender, es que algo puede ser
                                                                                                            en sí misma la mejor pieza de escritura que uno jamás ha
                                                                                                           creado, y sin embargo no tener absolutamente cabida en el
                                                                                                                             manuscrito que uno espera publicar.
                                                                                                                                                        thomas Wolfe


                                                                                                             l lector conoce la historia de Procusto, bandolero
                                                                                                             de la antigüedad  que ataba a sus secuestrados a su
                                                                                                             lecho, y estiraba a los pequeños o recortaba a los
                                                                                                      Egrandes para ajustarlos a su medida. Hoy en día,
                                                                                                     nuevos bandoleros secuestran a los creadores para desco-
                                                                                                     yuntarlos o mutilarlos en aras de la rentabilidad.
                                                                                                      Quizá desconozca el lector que en el autoproclamado
                                                                                                     Mundo Libre un prolijo aparato de censura controla, no sólo
                                                                                                     los aspectos ideológicos y políticos de la obra de arte, sino
                                                                                                     también su fondo,  forma y contenido en función de los divi-
                                                                                                     dendos.
                                                                                                      Las industrias culturales son industrias en toda la acep-
                                                                                                     ción de la palabra. Explotan a creadores, diseñadores, obre-
                                                                                                     ros y públicos, para producir una mercancía con el supremo
                                                                                                     objetivo del lucro.
                                                                                                      Así, desde 1930 rige en Estados Unidos un Motion Picture
                                                                                                     Production Code para la cinematografía, y desde 1954 opera
                                                                                                     una Comics Magazine Authority of America, ambos instaura-
                                                                                                     dos por las propias industrias, ambos más restrictivos que
                                                                                                     los que podría imponer el mismo Estado, el cual a su vez ani-
                                                                                                     mó una Comisión de Actividades Antiamericanas para el
                                                                                                     control de los intelectuales y de su producción, cuyo peso
                                                                                                     sobre la creación cultural se extendió mucho más allá de su
                                                                                                     período de funcionamiento efectivo.
                                                                                                      Tan ubicuo es este aparato, que se ha hecho invisible: la
                                                                                                     mayoría  ignora su existencia hasta que la vanidad impulsa a
                                                                                                     sus operadores a autoelogiarse.
                                                                                                      En tal sentido, una serie de películas, The last Tycoon, de
                                                                                                     Elia Kazan, Genius, de Michael Grandage, Hail Caesar, de los
                                                                                                     hermanos Coen,  What just happened, de Barry Levinson,
                                                                                                     acometen la problemática demostración de que el creador
                                                                                                     del film no es el director, sino el productor; de que el autor
                                                                                                     de la obra literaria no es el escritor, sino el editor.
                                                                                                      Precisemos el significado del término "editor". En nuestro
                                                                                                     mundo de habla hispana, es un agente que  imprime y distri-
                                                                                                     buye el libro y a veces corrige ortografía y uniforma estilos
                                                                                                     de subtitulación o de citas.
                                                                                                      Pero en Estados Unidos, el "editor" tiene el  papel que
                                                                                                     Anthony Burgess resume en su biografía de Ernest Hemin-
                                                                                                     gway:
                                                                                                       Max Perkins era el gran editor, un hombre que no podía escri-
                                                                                                      bir una novela él mismo, pero podía ayudar a los verdaderos
                                                                                                      novelistas a conformar y ordenar su trabajo y hacerlo publica-
                                                                                                      ble. Es muy conocido por lo que hizo por Tomás Wolfe, el genio
                                                                                                      de North Carolina que podía escribir un millón de palabras
             Elogio de la
                                                                                                      pulsantes sin dificultad, pero no podía ordenarlas. Perkins esta-
                                                                                                      bleció un precedente en América, que Inglaterra ha sido compa-
                 censura
                                                                                                      rativamente lenta en seguir: que el trabajo del novelista es el de
                                                                                                      entregar una carga de palabras al publicista, y luego inclinarse
                                                                                                      ante la destreza plástica del editor (Anthony Burgess: Ernest
                                                                                                      Hemingway and his world, Thames & Hudson, Londres,
                                                                                                      1978).
                                                                                                      Leyó usted bien. En el país de las libertades el creador no
                                                                                                     tiene derecho a determinar el contenido de su obra, sino a
                                                                                                     proporcionar materia prima para que el editor haga con ella
                                                                                                     lo que le venga en gana.
                                                                                                      Anthony Burgess, víctima de industrias culturales que le
                                                                                                     pagaron una miseria por  llevar a la pantalla su novela La na-
                                                                                                     ranja mecánica, se hace cómplice de este fraude al afirmar sin
                                                                                                     pruebas que el autor del "millón de palabras pulsantes" "no
                                                                                                     podía ordenarlas", mientras que el estéril que las tacha po-
                                                                                                     día "ayudar a los verdaderos novelistas a conformar y orde-
                                                                                                     nar su trabajo y hacerlo publicable".
                                                                                                      Y a pesar de su panegírico de la "destreza plástica" del
                                                                                                     hombre que "podía ayudar a los verdaderos novelistas a con-
                                                                                                     formar y ordenar su trabajo y hacerlo publicable", añade
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